Retrospectiva I: exterior

Este país es lindo, no hay duda; está lejos de nuestra tierra, por descontado.

Cuando pienso en mi elección, creo que me dejé llevar por esos dos elementos y quizá dos más: que hablan inglés, y que su primera actividad comercial en la que se basa su economía es el sector lácteo. La lejanía me obligaría a emprender, de veras, una aventura sola y lejos de referencias. La aventura había de consistir en el disfrute, en el goce de los sentidos (diferentes del gusto), y hacer crecer de nuevo la chispa de la ilusión de vida…y para eso nada mejor que la belleza de la naturaleza.

Nueva Zelanda tiene lugares increíbles. Muchos. Pero creo que su belleza más íntima, la que hace que siga siendo una especie de Meca para los europeos es que está rodeada de un aura de misticismo, habida cuenta de lo antipodiano de su ubicación, y que es fácil. Ahora viene la parte en que rompo un poco tal misticismo…

Aquí todo es abarcable, asequible, sencillo de visitar, cómodo, cercano. Hablo, por supuesto, de cuando tienes posibles para acceder a las comodidades de un coche o de un alojamiento en cama. De ser así, en una semana puedes recorrer glaciares, playas, montes cercanos a los 3.000 m, volcanes, lagos, ríos, cascadas, meseta, pastos, ciudades, poblachos, pueblos, pedanías, bosques, reductos de matorral, reliquias de cultura maorí y multiaventura del S.XXI en abundancia. Todo eso en un espacio ínfimo y, en tiempo (nuestro bien más preciado hoy en día), relámpago. Además, se esfuerzan en proteger cada paraje natural: todo está capitaneado por el departamento de conservación, que llega hasta la mismísima punta de cada recoveco. También se esfuerzan (y se pasan) en señalizar cada curva, bifurcación o elemento casual de los caminos y senderos. Así es que, para resumir, creo que es una pequeña Europa si allí, en Europa, fuésemos un puñado menos de gente y hubiéramos conservado un poco mejor nuestros ecosistemas y, después, nos hubiéramos comprimido espaciotemporalmente un poco. Es, mejor dicho, como nos gustaría que fuera Europa.

Esto puede romper algo del romanticismo de esta tierra, pero, para compensar, diré que a mí me ha resultado el lugar idílico para volar hacia fuera y hacia dentro: tanta facilidad para alcanzar y visitar los lugares han logrado que hasta piense que no se me da tan mal la orientación (bueno, sólo un poco…). El nivel de seguridad que aquí se vive, la cercanía de la gente (sin duda, condicionado por su número), la amabilidad y la facilidad de acceder a la información turística (toda coordinada y proporcionada por una única fuente) hacen que para mí haya sido el destino ideal donde realmente dejarse llevar y disfrutar sin pocas más preocupaciones que pensar a dónde ir o qué ver.

A veces me dan envidia por esta estabilidad y ausencia de conflictos en que se encuentran, salvo su gran dificultad para aunar los intereses de los paheka (colonos de antaño, blancos de hoy) y los maoríes. El último conflicto que tratan de sobrepasar es la II Guerra Mundial. Siguen flotando en su bipartidismo político y miran al mundo con los ojos bien abiertos pero como si pertenecieran a otra galaxia. Es verdad que, desde fuera, se perciben amenazas: sin duda, el turismo podría írseles de las manos en cualquier momento; y no sólo el turismo aberrante extranjero, también el local.

Luchan por mantener sus joyas naturales: sus kauris, los kiwis, los tuatara, los weta, los pingüinos; y logran que la población forme parte activa de esa lucha. Sienten arraigo a su tierra y te preguntan, ansiosos, si te gustó su país. Sonríen y aseguran que son afortunados.

Si hablo de sus carreteras, una vez vividas en propia piel, se agradece que no sea normal el atasco (no hablo de Auckland, que debe de ser un infierno, sino del resto del país). Salvo en las circunvalaciones de Auckland, las carreteras tienen sólo un carril para cada sentido y cada cierto número de kilómetros se abre un carril o un codo para adelantar a los lentos. Quienes van despacio se preocupan por facilitar el paso al resto, y éstos agradecen sistemática y efusivamente el gesto. Hay muchas obras en la carretera (que abundan en mi sensación de que el turismo se les está yendo de las manos), y todas las señales de parar o reducir la velocidad van acompañadas de un gracias. Las personas que regulan el tráfico en estos puntos saludan a cada uno de los vehículos que pasan. De nuevo, el número facilita…pero también es una cuestión de actitud.

Pero otra de cal: echo en falta tejido social, vida en la calle, luchas o ansias, objetivos comunes, colectividad. Los maoríes mantienen mucho más de eso y, de hecho, mantienen un núcleo físico de reuniones en el que tiene lugar desde las adoraciones a los dioses, pasando por los debates de la comunidad o los funerales. Tienen un mejunje de religiones activas pero tampoco es algo masivo o que sirva de unión entre las gentes. No hay bandalismo, nada, quizá por la política tan represiva en que andan inmersos (todo gira en torno a unas multas astronómicas: llevar al perro suelto, saltarse un semáforo o pintar un baño público): un día leí en un periódico de tirada nacional que habían vandalizado un parque, que estaban investigando a los culpables y exponían el gasto adicional que le iba a suponer al gobierno local su reparación. Y, en general, y sin que salga de aquí, echo en falta cultura. Los maoríes sí me resultan inquietantes y tienen su chicha, pero el resto…pues eso, es un país con 1.000 años de historia y punto. Y eso se deja ver o, mejor dicho, no se ve. No es esa sensación de viajar a cualquier país de Latinoamérica y alucinar, India o sudeste Asiático. No hay choque cultural. Sólo he vivido esa sensación conociendo a gente “semilocal”, de las islas del Pacífico (Fiji y Samoa sobre todo). Así es que esa parte no la tienen.

Las personas maoríes físicamente son diferentes. Ya os conté que puedes dibujar por fenotipo más o menos común. A eso se le añade el peinado típico de las mujeres, con moños perfectos en lo alto de la cabeza, aunque su vestimenta sea de lo más occidental. La constitución es en general de talla media (más bajitas que la talla europea media) y robustos, hechos para resistir. En las ciudades esta complexión no ayuda: se ve mucha persona obesa. De la poca pobreza que he visto por aquí (sin techo), en su inmensa mayoría eran maoríes. Dicen que el alcohol está haciendo estragos en las tribus que aún se mantienen, pero no sabría decir. Pero lo que sí se palpa, aunque me hayan repetido varias veces que los maoríes ya están mezclados con los descendientes europeos, es que en la isla norte se evidente que hay reductos bastante más aislados y “genuinos”, quizá también porque cuentan con más territorio propio.

Y si tengo que elegir entre norte o sur, que aquí también se estilan las peleas absurdas de a quién quieres más, diré lo de siempre, que ambas son distintas. La norte la he recorrido muy poco y se me han quedado mil lugares en el tintero. La sur me ha cautivado porque mires a donde mires, ves belleza.

Así es que así las cosas, unas de cal y otras de arena en lo que a la visión país se refiere. Si escojo una cosa preferida, espero poder importar su espontaneidad y poder abordar a la gente en cada café solitario, en la parada del autobús o en un mirador de ensueño. Bueno, y si pudiera, más a lo grande, su transparencia y su ausencia de corrupción. Y ya puestos, su red de zonas de acampada del gobierno y sus saludos sonrientes porque sí.

Y si me dejo algo, tendréis que contármelo cuando vengáis, que lo mismo en algún momento me despisté buscando kiwis y se me escapó algo por acaso.

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Y empieza la recta final del viaje con la última aventura: el coche.

Alquilar un coche es un auténtico lujo, pero from lost to the river. La cuestión es que el norte de la isla norte del país es muy difícil de recorrer si no se dispone de coche porque, básicamente, es paisaje puro y  duro, y no consiste tanto en hacer rutas.

Lo recojo en el aueropuerto de Auckland, donde lo devolveré para coger mi vuelo de regreso. Esto implica salir del extrarradio de la GRAN ciudad… El coche es automático y ayuda, porque de repente todo está al otro lado y yo voy en medio de la vía … grrr… unos minutos de caos, y todo controlado. Eso sí: al estar todo al revés, no es posible poner el piloto automático tan típico de conducir, hay que tener todos los sentidos al mil por mil. Pero en diez minutos todo resulta natural. ¡¡Y no me pierdo!! Enfilo rumbo al norte para salir de la urbe y llegar a las primeras playas. Mi primera noche de coche la pasaré en uno de los campings del gobierno, básicos (letrinas y agua), pero en un lugar impresionante:

Hace fresquete, así es que decido dormir en mi minicoche, donde no me da para estirarme del todo pero se está más calentita. En unas horas he convertido el vólido el transporte, cocina, tendedero y cama…

Avituallarme para surcar las solitarias carreteras del norte, y empieza el ascenso. Me dirijo a un lugar especial: la costa Kauri. Es un reducto de los pocos que quedan auténticamente maorí. El jefe de la tribu que gobernaba allí en el momento de firmar el Tratado se opuso inicialmente y, tras refriegas varias, acabaron aceptando. Pero para llegar a ello se sucedieron las guerras con los europeos y con las otras tribus colindantes. El resultado hoy en día en una extensísima reserva de bosque nativo, el mejor de todo el país, con los ejemplares más increíbles de kauris, un árbol icónico en la cultura maorí, y que alcanza alturas de más de 40 metros, perímetros de más de 16 metros, y edades que superan el milenio…

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La masa forestal es impenetrable por más que pregunto y pregunto. Hay rutas en las orillas pero es imposible llegar al corazón. En parte, creo que los maoríes protegen así (y con razón) su joya del turismo; también, porque los kauris tienen las raíces muy superficiales y la presión constante de los visitantes llegan a dañarlos. A esto se le suma que hay un hongo que está acabando con los ejemplares más añejos, para lo cual han instalado a la entrada de cada senderito un dispositivo para desinfectarse las suelas (esto sólo ellos podían hacerlo…). Esta enfermedad me recuerda tanto a la seca de las encinas…

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Venga, y ahora os los pongo a ellos…pero tened en cuenta que esa grandiosidad no se puede transmitir con las fotos. Son árboles enigmáticos, con una presencia que atrona, una serenidad pasmosa. Recuerdan a los baobabs, quizá en lo mágico de sus formas… Espero que podáis haceros una idea, pero si no tendréis que venir a conocer en perna a Yakas, al Padre del bosque, y a las cuatro hermanas, los ejemplares más más más (aquí todo es “lo más” algo, en este caso, el más grande, el más viejo y los cuatro únicos pies de kauri unidos entre sí).

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En un intento de tener una referencia…

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Sí, no está muy logrado, jejeje.

Pero la otra cosa inquietante de los kauris es su piel: dibujan formas sinuosas, que me quieren recordar al ta moko, el arte maorí del tatuaje. Son suaves, a veces verrugosas, pero siempre llaman, atraen… (sí, Juan, yo y mis texturas…algún día).

Pero como veis, los kauris también lloran: el tesoro de su resina fue tan condiciado durante el siglo pasado que, junto con su magnífica, moldeable y resistente madera, supusieron el declive de estas masas de imponentes magos del bosque. Todavía hoy se encuentran algunos troncos agujereados a los que se les sigue extrayendo resina, aunque de forma controlada, y, paradójicamente, se siguen vendiendo mil souvenirs de madera de kauri…

En mi periplo por acá también decidí ver por fin de forma “asistida” a los kiwis. En cautividad, en un zoo, no quería hacerlo, así es que encontré una forma (moralmente) más aceptable: es una especie de centro de cría donde se hacen cargo de una pareja de kiwis (más no porque son muy territoriales y se matarían entre sí) durante su fase adolescente. Cuando maduran sexualmente, si su reproducción es exitosa son liberados en la misma zona en que se capturaron. De esa forma, en teoría, se los protege en la etapa más vulnerable ante el ataque de los mamíferos y se asegura que, al menos, hayan alcanzado a tener una cría. El centro reproduce las condiciones de su ecosistema, pero inviertiendo el ritmo circadiano (día/noche) porque, al ser de hábitos nocturnos, es la única forma de ofrecerle espectáculo al visitante. El entorno está muy logrado, sonidos incluidos. Tengo la suerte de verles muy activos, acicalándose, comiendo, buscando alimento… Estas extrañas aves tienen más de rata que de ave. No vuelan y, por ello, evolutivamente les han desaparecido las alas. Son el único ave que percibe olores a través de su pico, muy alargado y que termina en dos orificios. Poseen también una gran capacidad auditiva aunque exteriormente no presentan ningún órgano apreciable; y perciben sus amenazas por la vibración del suelo. Allí era imposible hacer fotos porque era de noche y, por supuesto, nada de flash. Le hice una triste foto a uno disecado para que os hagáis una idea…pero no es afortunada.

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Me cuentan que la gestión del kiwi en todo el país la lleva una mujer a título personal: es ella la que controla la situación de cada una de las poblaciones y de todos los centros de cría y conservación, y es ella quien decide dónde y cuándo se liberan. Tendré que indagar en esto porque me inquieta el sistema…

En este centro, además, tienen geckos y tuataras, las otras dos joyas del país. Los primeros son unos reptiles muy curiosos y con una capacidad mimética increíble (no hablo más que hay muchos lectores con mucho saber en su haber y meto la pata seguro…).; el segundo es un reptil pero de los que se llaman “fósiles vivientes” porque su origen se remonta a la época de los dinosaurios. Conforman un grupo independiente del resto de reptiles comunes (tortugas, lacértidos y cocodrilos). En muchos sitios se les llama lagarto de los tres ojos porque los jóvenes tienen una protuberancia entre los dos ojos que por lo visto tiene función sensitiva. En el centro tienen un tuatara adulto y, a mi juicio, estresado: reacciona a los movimientos del exterior (vamos, que nos ve), y no demuestra estar muy a gusto (pero, ¡qué sabré yo de sus gustos…!). Los geckos, por el estilo: me da la sensación de que todos quieren escaparse por el techo de los terrarios!

En el segundo camping, también en medio de la nada, intentaré a la noche encontrarme con un kiwi. Llueve, y se vuelve muy difícil tratar de escucharlo en medio de la oscuridad. Y, bueno, un poquito de miedito al verme sola en medio del bosque, en-medio-de-la-nada… Una lástima…porque allí había opciones…

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Los días siguientes serán para las playas de este lugar y las pequeñísimas poblaciones. En una de ellas acudo a mi decimonoveno mercado de productores aquí…y conoszco a un nuevo maestro quesero. Me invita a visitar su quesería, que está muy cerca de Auckland, así es que iré el día antes de marchar.

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A partir de aquí, playas, costas, amaneceres y atardeceres. De hecho, creo que he vivido uno de los atardeceres más especiales, ardientes y bonitos de mi vida… Una secuencia para compartir, sin retoques ni trucos…así es la luz aquí, al lado de donde dormiría (en mi coche), incluido lago desembocando para los pescadores.

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Y tocar con la punta de los dedos el final del país, Cape Reinga, la afilada península que me acerca un poco más a vosotrxs, el Finisterre neozelandés…

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Me acompaña un pequeño pajarillo que no sé cómo se llama, pero que es huidizo a la par que lindo…

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Para los maoríes, este lugar es especial porque es el camino que recorren las almas una vez que las personas mueren. El lugar está cargado de energía y es que…¿os habéis preguntado alguna vez, mirando un mapa, qué sucede cuando termina un mar/océano y empieza otro? Pues pasa esto…

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Aguas calmas a un lado y a otro, cada una con su cadencia, que entran con violenta colisión…mientras las dunas miran impasibles.
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Y con las energías de estas costas, os dejo hasta casi el final de esta etapa…que ya llega, que ya deja paso a la siguiente…

Mientras, las dunas y una referencia, esta vez un poco mejor… Éstas pertenencen a uno de los costados de la península, a la que llaman la “ninenty miles beach” (aunque en realidad son “sólo” 90 kilómetros de playa ininterrumpida)…

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De volcán a volcán

La próxima parada será Rotorura, una ciudad con una actividad geotérmica tal que toda ella huele a huevo debido a los gases que emanan de cada rincón. Y emanan de verdad.

DSCF3598En los parques hay señales por todas partes para que no te salgas de los senderos porque aparecen chorros de gases hirviendo por cada esquina.

También la ciudad se aloja a la orilla de otro volcán convertido en lago. Paseando me doy cuenta de cuán entrado está el otoño…a punto de invierno.

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Visito el edificio del museo local. Los jardines se han transformado en un club de bolos y emanan (no humos) aires británicos de perfección y pulcritud…DSCF3553

Y como apunte entre paréntesis: presencio una pelea entre gaviotas y un tekapo por un trozo de pan. El segundo es uno de los símbolos de NZ (a veces confundido con el amenazado takahe) y, como muchas de las aves de aquí, casi no vuela: sólo lo hace de una forma torpe…pero corre que se las pela. La lucha entre especies no tiene desperdicio: y gana el tekapo por su spring final 🙂DSCF3542

Sus aguas son tan cálidas que hay especies de aves que residen aquí que pueden criar durante todo el año (y que normalmente sólo lo hacen en los periodos más cálidos), como este pato negro, endémico de aquí.

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Esta ciudad es loca…a pesar de que te acabas acostumbrando al olor y a esa sensación de no conseguir llenar del todo los pulmones, nada es normal allí…Decido dedicar un día a la contemplación…pero desde las aguas termales. Esta vez pago porque las aguas fluyen a una temperatura tal que precisan ser enfriadas y tratadas (eliminar las emanaciones de ciertos gases para no palmar en el intento) antes de que sea posible bañarse. Las 5 piscinas del complejo están al aire libre, aunque algunas tienen un pequeño techado; todas dan al lago volcánico. Estará lloviendo toda la mañana, pero la lluvia sólo podrá tocarme las pestañas: el resto está en remojo a 37, 38, 40 o 41 grados, alternando entre aguas alcalinas (la panacea para tener una piel eternamente joven) y ácidas (la solución para las articulaciones y los dolores musculares). 4 horas después tengo los dedos arrugados y dudo de si podré arrastrarme hasta el albergue o necesitaré ayuda…tarde lectora…las pulsaciones han perdido el ritmo…placerrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Y por si esto fuera poco, me alojo en un albergue de mochileros, el más barato y alejado del centro pero…el mejor lugar de todo el viaje. Habitaciones luminosas con colchón de verdad, ambiente casero y familiar y….¡¡un spa en el jardín!! La energía les sale gratis (usan la geotérmica…que abunda) y nada, una piscinita para hacer felices a los huéspedes. No hay nada mejor en el mundo que estar en remojo a esa temperatura…Y además se hace vida social…¿qué más se puede pedir? Sí, una cerveza sin glu, que los cabrones de los alemanes se estaban metiendo botellín tras botellín y yo ahí muerta de deshidratación, jijiji.

En Rotorura también se da una mezcla loca de orígenes y creencias. Hay un asentamiento maorí con su marae (centro de reuniones) al lado de una preciosa iglesia anglicana. Tal es el mejunje que los iconos de la entrada del marae tienen forma de cruz…

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Desde que empecé a ascender por la isla norte el panorama maorí se ha hecho más evidente. Es una pasada identificar patrones faciales o morfotipos que diferencias claramente la gente de origen británico o europeo de la de origen maorí (algunos tienen rasgos casi orientales o del Pacífico). En realidad, no está claro el origen de los primeros pobladores del país: se cree que fue un conjunto de gentes de las islas del Pacífico pero esto no está exento de polémica con tintes raciales. Después, hacia el S.XVIII, empezaron a llegar europeos (británicos), empezaron los conflictos con éstos y entre las distintas tribus (iwi) maoríes, hubo muertos a patadas y, afortunadamente, en 1840 firmaron el Tratado de Waitangi, donde se establecieron los derechos de unos y otros y se dejó patente el papel que debían jugar los británicos en el proceder de los neozelandeses (tanto maoríes como pakehas- neozelandeses de origen europeo). Una mañana lluviosa me adentraré en libros de historia maorí en una biblioteca local: me sorprenderá leer que varios investigadoras sitúan el origen étnico de los originarios europeos de NZ en ¡¡exploradores españoles!!, que llegaran a estas tierras mucho antes que los británicos, tal vez a finales del S.XVI. Pues eso, que abunda la gente maorí, que se ve por las calles…(esto va para mi suegro Emilio, que tiene que volver por acá, pero a la isla norte, para ver maoríes 🙂 ). Todo este rollo para contaros que a partir de ahora, en cada población del norte que he ido visitando, aparecen vestigios de los asentamientos maoríes primitivos, o de las batallas que se lucharon entre colonos y nativos…Y en muchos casos, son verdaderas joyas: barcas talladas en madera de Kauri con diferentes figuras relevantes en el imaginario maorí, arcos triunfales…

 

También Rotorua tiene un precioso bosque de sequoias gigantes a las afueras.

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Se pelean con los helechos arbóreos para ver quién destaca más. Pasear y perderme entre los distintos verdes y marrones inmensos. Este bosque, como siempre, tiene unos baños antes de empezar la ruta, pero éstos son especiales: los diseñó un arquitecto y cada cabina está forrada de cobre con figuras relacionadas con la naturaleza neozelandesa…una pasada.

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Amigas en la distancia que viajan al presente aprovechando la tecnología. Y así llega la tarde y mi autobús a la próxima estación.

…De Rotorura a Tauranga, una ciudad costera con vestigios de aguas termales y unas playas inmensas que me recuerdan al Levante. En verano debe de ser un hervidero: hoy es un lugar apacible para disfrutar de un domingo trepando hasta la cima de un monte y tratar de entender los entrantes, los islotes y las penínsulas de este trocito de costa.

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¡Y encima estoy en un lugar seguro de tsunamis! ¡Qué más se puede pedir!

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Los cielos de este país tienen unas tonalidades alucinantes

Una charleta amable con unos locales, 78 años, 60 juntos. Hace unos años alquilaron su casa y se subieron a su autobús-caravana para recorrer el país, alternando trabajo con placer…15 años estuvieron dando vueltas. Tienen una mirada viva, una sonrisa vivida y se emocionan cuando recuerdan cómo se conocieron bailando. Han subido el mismo monte que yo…ése sí que es el secreto de la eterna juventud…

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(Lo sé: la próxima vez me limpio las gafas antes de la foto 🙂 )

Y en el siguiente os cuento the last trip, en el que me encuentro inmersa ahora y con el que me voy despidiendo de cada rinconcito. Besos.

En la capital

Wellington, ante todo, no parece una capital.

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De hecho, lo es desde no hace mucho. Antes lo era Auckland, pero queda tan al norte que por pura operatividad (y por solidaridad con los parlamentarios de la isla sur), establecieron esta ciudad como capital para que quedara en el medio del país.

La primera estampa me impacta porque, después de haber surcado las tierras del sur, agrestes, solitarias y, ante todo, naturales, veo edificios altos (decir rascacielos sería exagerado, pero ¡son altos!). Es una ciudad que, a primera vista, recuerda a Barcelona: también ella tiene un crecimiento finito, limitado por una imponente montaña a la espalda, el mar al frente, y entrantes de la bahía en los laterales. Subirme a la isla norte implica irme acercando a la concentración de población. NZ al completo tiene algo menos de 5 millones de habitantes y 4 viven en la isla norte (y unos 3 de éstos en Auckland).

Me recibe una ciudad animosa, con un sol tan agradable como insólito (me cuentan que en esta ciudad llueve casi todos los días…pero no veré una sola nube en los 3 días…). El ferry atraca en el centro mismo de la ciudad. Las aguas del puerto dejan ver el fondo, lo cual me parece increíble.

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Un inmenso paseo marítimo recorre toda la costa y está conquistado por viandantes, bicicletas, monopatines…Recorro un par de kilómetros con el muerto a la espalda hasta llegar al albergue…un lugar que rompe mi zen por completo (el sur me tenía malacostumbrada): es un edificio con 6 plantas de habitaciones compartidas con otras 7 personas hacinadas, impersonal, adocenado, sucio y caótico (y, claro, barato). Pero no importa: la ciudad increíble me espera.

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La primera agradable sospresa en la ciudad se alinea con mi sentimiento: el día que desembarco, 2 de junio, es el comienzo del año maorí. La tradición marca que, con la aparición de las pléiades (o Matariki) en el cielo, da comienzo el año y es el momento de agradecer a la tierra lo vivido y prepararse para los cambios del invierno. Según cómo sea el día en que Matariki aparece, así habrá de ser el año en lo que a producción se refiere (éste, abrigado por un anticiclón, se avecina próspero y templado). Y bueno, una señal más del comienzo de la nueva etapa, de la energía de volver a comenzar, sin olvidar el camino pero con los ojos abiertos a lo que está por llegar.

Con motivo de este lindo comienzo, la ciudad despliega sus recursos. 7 museos (como 7 estrellas son las pléiades) abren sus puertas hasta la noche, con actividades culturales de todo tipo, enlazados por una red de autobuses especiales (y gratuitos) para ir de uno a otro. Una organización impecable, con una cantidad de medios humanos materiales increíble, aunque de contenido algo pobre. La mayoría de los trabajadores a los que pregunto no saben casi nada de este evento trascendental maorí…Sólo una de ellas, maorí claro, me transmite la importancia del evento…

A pesar de la paliza del viaje, las olas del estrecho, el madrugón y la pateada, el evento me seduce sobremanera…así es que me meto de lleno a disfrutar de breves conciertos, exposiciones y una sesión con los astrofísicos, desde la azotea el museo nacional Te Papa, para avistar marte y júpiter (con sus lunas) ante una sobrecogedora ciudad iluminada.

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Me encanta este lugar porque está vivo sin estar colapsado o crispado. La gente camina mucho (la ciudad está preparada para ello), y todo parece estar enfocado hacia la bahía, como mirando más allá. Además, tiene algunas perlas: el museo nacional Te Papa es un descubrimiento que me habían venido anunciando varios por el camino. Es increíble por muchos motivos. ……

  • Los refugiados de los conflictos del mundo cuentan con un espacio muy notable en el museo. La última fecha reflejada es 2015 y se reserva para los refugiados sirios…Aquí tienen su espacio, en Europa no tienen ni las mínimas condiciones para vivir.
  • Una vez más, el museo se centra en los caídos en la I Guerra Mundial. En concreto, es sobrecogedor el enfoque (rozando lo morboso) de una de las batallas en que murieron ingleses y neozelandeses como chinches: la batalla de Gallipolli. En enfoque es muy humano: hay reproducciones de cera de soldados de unos 4 metros de altura, con una expresión tan lograda que sobrecoge entrar en cada una de las salas. Mientras observas la figura sobrecogida, una voz de fondo narra las cartas que el soldado envió en algún momento a su familia. Al final, aunque rehuya de este tipo de reproducciones morbosas de la sangre y los tiros, reconozco que esta gente hace un supremo y saludable ejercicio de reflexión colectiva para que, ante todo, quede claro el efecto devastador de las guerras. Habríamos de aprender un poco…

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  • Hay una planta entera dedicada a cómo los humanos estamos acabando con el planeta, desde el cambio climático hasta la desertificación o la contaminación del agua. Lo sorprendente es que se ataca a las grandes empresas de agrotóxicos (¡¡en el museo nacional!!) y una de las alternativas al modelo intensivo que proponen es la agricultura biodinámica…Llegada a este punto…¡¡no doy crédito!! Hay varias entrevistas a productores que llevan a cabo este sistema productivo en sus explotaciones.
  • Y, por supuesto, un amplio espacio dedicado a la cultura maorí. Me sigue sorprendiendo la simplicidad de las leyendas en las que se basan sus creencias y empiezo a pensar que no han trascendido suficiente… En estas zonas está prohibido usar la cámara y para acceder a algunas de las estancias es necesario descalzarse. Hay una grabación de una de las danzas que se practican en las reuniones sociales y está subtitulada… Rezuma guerra, indignación y violencia…

Uno de mis compañeros de viaje me recomendó hace ya días visitar el Parlamento, así es que allá que voy. Desde que pongo el primer pie allí me doy cuenta de lo diferente que es allí la política, el gobierno y sus instituciones. Para empezar, el recinto del Parlamento tiene unos jardines impresionantes abiertos al público: no hay absolutamente ninguna presencia policial en las inmediaciones, sólo vigilantes que pertenecen a la plantilla propia de la institución.

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Cada hora hay una visita guiada y gratuita en la que te explican a grandes rasgos el funcionamiento del país y te muestran algunas salas…transparencia y orgullo rezuma por todas partes. En la visita se llega hasta lo que sería nuestro hemiciclo; de hecho, se pasea por todas las estancias… Mi máximo asombro llega cuando nos comentan que hay una sala de reuniones que se alquila de forma gratuita a cualquier colectivo que la solicite…

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Esta gente va por delante…ya no lo dudo. Eliminaron el senado en el siglo pasado, en el proceso de elaboración de una ley los ciudadanos de a pie pueden participar desde el momento en que se presenta, durante su discusión y antes de su aprobación, y lo hacen de forma presencial y todas las personas que hayan aportado alguna opinión habrán de ser escuchadas por el comité técnico que trabaja la propuesta. Todas las sesiones del parlamento pueden seguirse en directo en una emisora de radio o por televisión y, por supuesto, luego quedan en la red para consultarlas. Hace tiempo que le limitaron el poder a la corona británica, a pesar de que todavía ésta tiene el poder de vetar una ley y es la responsable de abrir las legislaturas y disolver el Parlamento. Hace años que la reina ya no viene por acá y tiene su poder delegado en su representante. Cuentan con una ley para asegurar que no haya mayorías absolutas y que todas las minorías estás representadas: cada tres años los ciudadanos votan a un partido y a un candidato. Las votaciones de los miembros del parlamento sin unipersonales (no dependientes del partido…como nosotros pero de verdad). Siento contarlo así como a pinceladas, pero son los fogonazos que me iban llegando como ráfagas. Lo que sentí al salir de allí fue envidia: por cómo está estructurado y funciona el armazón del país pero, y sobre todo, por poder haberlo conocido tan fácilmente, con una visita de una hora sin programar y como el que va al super a pasar el rato. No podía dejar de pensar en nuestro día de puertas abiertas donde los paisanos sólo sueñan con sentarse en el sofá del presidente… El catetismo se combate con cultura abierta y plural…¡Qué envidia!

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Un paseo por la espalda de la ciudad, bien empinada, me llevará hasta el jardín botánico, pasando por un mercado de productores…pequeño, humilde y local. El botánico es, en realidad, un pedazo de bosque nativo protegido de las garras del crecimiento de la ciudad…una maravilla. Aprovecho para profundizar en las estrellas de este hemisferio…¡¡dónde estás mi lunático!! Me cuentan más sobre el Matariki y sobre el cielo de invierno…una exposición sugerente y muy didáctica que va de lo básico a lo profundo. Las vistas desde lo alto son alucinantes…

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Y para despedirme de la ciudad, en los sótanos de una de las zonas del paseo marítimo se celebra cada semana un mercado de artesanos…Hay algunas cosas originales, mucha historia de joyería y madera…precios astronómicos, pero se vive el bullicio y la gente compra, come y pasea…

Una última visita al museo del tatuaje, en honor de mi adorado primo Mario, tatuador de profesión. Me hacen unos regalitos para él y me embobo mirando tatuajes maoríes sorprendentes. Lo que más sobrecoge es que emplean para hacerlos un punzón…duele sólo de mirar…

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Después de tantas semanas de campo y pequeños pueblos, los tres días de capital me agotan…planeo el nuevo salto y, bien de madrugada, atravieso los dos kilometritos hasta la estación para (esta vez sí) coger un autobús hasta la meseta central de la isla norte… El camino me sorprenderá con una visión alucinante…

Esta foto la tomo en una parada que el conductor anuncia para los que pasamos por primera vez por allí. Yo no doy crédito entre el paisaje y el detalle de los autobuses…No me imagino a un conductor de Alsa parando a los pies de La Cabrera para disfrutar del entorno…

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En la siguiente entrada os cuento cómo celebré mi cumpleaños…y dónde comenzó mi siguiente nueva vida. Miles de abrazos, cada vez más cerca, cada vez más llenos.